Un espacio para compartir ideas, donde sólo la expresión es importante y en el que también se reconoce la obra de otros en Lontananza


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Cuando una vez pensé que era malo

¿Te ha pasado alguna vez? Esa sensación de hacer el mal conscientemente cuando ni siquiera posees alguna razón, sólo lo imaginas y ya…

Esa vez iba caminando por un anden de la estación Tacuba; no había mucha gente, era cerca de medio día. En la orilla estaba ella, una señora joven, de tez blanca y orejas pequeñas, con una falda y un suéter encima de varias capas de ropa, llevaba consigo dos grandes bolsas de las cuales ignoro hasta ahora el contenido. De repente pasó por mi mente: y si aventara a esa mujer, una total y perfecta desconocida para mí, hacia las vías, si esperara el momento justo en el que el tren se aproxima para darle impulso a esta persona hasta la muerte…
su semblante se veía cansado, harto, cotidiano.

¿Tendría hijos, un esposo, una madre? Qué es lo que pasaba justo en ese momento por su mente que se le salía por los ojos de tan perdidos. Tal vez moriría al instante con el impacto de la caja naranja, se robarían sus bolsas (probable sustento) y quien la esperara en casa pasaría una noche y quizá días de angustia hasta que se le hiciera saber la defunción.
de ojos café oscuro y con el cabello sujetado a su cabeza por varios pasadores.

Metro inhabilitado de Tacuba a Rosario, acumulación de personas por los pasillos, policías, paramédicos, ratas y cucarachas escondidas en lo profundo de aquel piso subterráneo por todo el movimiento. Imaginaba lo que sería la última expresión de la mujer mientras cae al vacío con una mano estirada hacia la vida.

Me daba miedo pensarlo, no comprendía cómo yo, un chico responsable dentro de los parámetros normales, podía ser capaz de recrearlo todo cínicamente… pero no paraba, no lo evitaba, no dejaba de pensarlo. Cuántos pasos daría para llegar a mi objetivo sin causa, cuánta fuerza tendría que aplicar y de qué forma, qué parte de su cuerpo recibiría mi potencia calculada.
sus uñas eran cortas, tenía una cicatriz en su brazo izquierdo.

Por qué viajaba sola, qué le hacía falta, cómo se vería feliz. Miles de preguntas bombardeaban mi cabeza, como si ya la hiciera parte de mi vida y como si esto y todo lo que implicaba que ella habitara este planeta justo en ese momento, no me importara un comino.

¿Te ha pasado?, ¿lo has sentido?, ¿has imaginado hacer el mal así nada más, porque sí?

Pero yo no soy así, sólo a veces pienso cosas, aunque puedo darme cuenta, desde esta celda húmeda y grisácea, que de vez en vez las suposiciones, la imaginación, deja de serlo.
era de cabello negro.

Cuando sobrevuelen los amores o los buitres, diles que no me maten


Basta morir como una lámpara desde la madrugada,
como el rescoldo de una brisa tersa;
para morir, para suministrarnos
la mano venidera del olvido;
basta decirle no al día de mañana,
basta ensayar los labios en un rumor de cera,
basta beber un vaso de agua
donde yazga el recuerdo de un ahogado
José Carlos Becerra


Le dije a Consuelo: si te digo que te amo, no miento; si te digo que amo a Mónica, tampoco. Amores en distinta frecuencia e identidad, en tiempo, de aprendizaje y búsqueda en ellas, de mí en ellas, de intensidades las de siempre, hasta el confín del rubicundo éxtasis. ¿Se puede amar de otra manera cuando Sabina nos alecciona con eso de que amores que matan nunca mueren? Abarco todo el dolor que puedo y me hundo por la pérdida de ambas, una, decidida por romper un matrimonio ejemplar, por mi ansiedad de salir a vivir y a experimentar, fascinado por el brillo insólito de una niñez postergada hasta los 28 años; la otra, por el cúmulo de emociones entretejidas que culminaron en un Frankenstein o en un Mister Hyde que devoraron al Doctor Virgilio que los creó. Me invadió el celo y las ansias de posesión ajenas a mi personalidad despreocupada, segura, de carcajada múltiple, con ruta en la escritura, en la simpatía incólume y en la fortaleza de mi arrogancia sin par que bien conocen mis amigos cercanos. Caída libre. Ni siquiera utilicé las escaleras o el elevador. Amanecí dos veces en Guadalajara, abrasado por la crisis más severa de alcoholismo, acompañado de temores y miedos, de vacío, de soledad absoluta, de prontuarios repletos de recuerdos, frases sueltas, olores incrustados en mi lujuria que no desaparece nunca, promesas, calles recorridas, viajes, fotografías, de manos en mi mano o en mi mejilla, de caricias evanescentes, sonrisas de mi hijo, gatos bebiendo leche, planes, expectativas, sueños guajiros de futuro emparentado con la certeza. El derrumbe. La factura con acumulación de ceros y yo sin trabajo sin dinero sin fortaleza para presentar currículums. Ambas con sonrisas tiernas y a veces lastimeras me tienden la mano, me llaman, se preocupan por mí, ¿cómo estás, cómo sigues? Se los agradezco. Admiro su potencial solidario a toda prueba mientras supongo que me suprimen de su vida, extirpan el virus de infierno cancerígeno y me archivan en algún cajón del clóset, ojala sea el de su ropa interior, al menos. A Consuelo se le aproximó un incipiente vuelo de dicha, una corriente tenue de libertad en las palabras de otro hombre, en las sonrisas que le provoca, en la compañía cotidiana que comenzó a mutar su desamparo en aliciente, en descubrimiento personal por sensaciones en extravío, ocultas o quizá nunca exploradas por mis inquietudes ambulantes y viajeras en trece años de complicidad con ella, le están tocando el corazón y no es mi mano la que lo atraviesa. Eso me hace feliz. Se ve radiante, hermosa. Quizá sólo me duele el ego, no estoy en la postura de hacer comparaciones ni ejercer dictámenes sobre lo que ella necesita. No soy yo, cierto, pero que no olvide que la lealtad está por encima de cualquier signatura amorosa, que el compañerismo debe ser la vertiente paradisíaca del encuentro con la vida del otro, en pocas palabras, que no me mate, pero que no me busque en los brazos que se abren para ella, que vaya sola, que se deje ir, fluir, que avise que para enamorarla no se necesitan abismos sino compañía, extensas charlas, música, noches de volcán que permanece contenido y por qué no, buena cocina. A Mónica le comenzarán a sobrevolar los buitres, los de siempre o nuevos, los incrédulos de mi proximidad con ella, los que se reían por considerar que una princesa no hace culto del dragón o de la bestia. A ellos, les aviso yo, por si les interesa, que para enamorarla se necesitan charlas vivas de transparencia sistémica, noches de barra en el bar con agua de por medio, que su intensidad no está en colmarla de cerveza o de Havana Club, sino en tomar su mano y asistirla con ternura, en musitarle certidumbres en el oído y bañarle el cuerpo con poesía delirante, cuidarla, caminar junto a ella sin invadir su fragmento de acera, besarla con mucha técnica y pasión, administrarle dosis de locura libidinosa de vez en cuando, demostrarle solidaridad antes que soltar un te quiero o un te amo, no se las cree a la primera, invadirle el corazón con cartas abismales donde se note que el escritor de verdad se puso la pistola en la cabeza, mirarla, contemplarla, perderse en sus ojos, enseñarla a bailar salsa o abrazarla simplemente mientras duerme, extasiada por la pulcritud de un bolero sustentado en el quizás, quizás, quizás… Se necesita ánimo y carcajadas henchidas, dejarla sola mientras piensa y con paciencia curarle las heridas, los ante vuelos, las desdichas. Justificar que frente a ella existe una pareja y no sólo un café de tres horas, una función de cine o una salida a la discoteca. Se necesita más que eso, más que unas flores en mitad de la calle o un disco de canciones que relatan sobre nuestros callos por las andanzas en la vida. Que se necesita valor para tomar ansiolíticos y pedir otra oportunidad. Ahora saben, ahora intenten. Cuando llegue el amor de veras para ti, Consuelo, cuando sobrevuelen los buitres sobre tu cabeza, Mónica, a ambas les pido que no me maten, si de por sí ya estoy hundido frente a este monitor de la computadora, su olvido sería el peor fracaso para las noches de soberano infierno, donde habito. Besos.

Antonio Monter Rodríguez

Un par de cuentos

El asalto (1999).

Miré por el retrovisor. Ninguna patrulla me seguía ya. Todo fue muy fácil, una pistola, un policía gordo y el Marquís negro. Aceleré hasta ciento sesenta por hora. ¡Qué vida de ahora en adelante!: viajes, autos, mujeres. ¡Maldita vaca!, se me tenía que atrave... ¡ay, duele doctor!


La gallina (1999).

—Roberto me dijo que no me atrevería a cortarle el pescuezo a la gallina consentida de la abuela, que era puro cuento que me la iba a comer en caldo y que, de hacerlo, ella moriría de la tristeza.
—¿Y tú que le respondiste?
—Pásame un limón y orita en el velorio te sigo contando.



Juan Carlos Zamora

En el país de las luciérnagas


Un desierto inmenso. El viento que sopla tranquilo. Un niño que juega a esconderse en arenas interminables cuando de pronto comienza a correr porque alcanza a distinguir un zumbido que llega multiplicado por el silencio de ese paraje desolado.

Corre y sus pasos pequeños parecen traicionarlo. Una vez se tropieza, dos, tres veces, pero se levanta de nuevo y continúa corre que corre aterrorizado, porque sabe del terror que lo acecha, lo sabe bien porque desde pequeño ha vivido sumido en el terror.

Tropieza de nuevo y esta vez un erizo seco, prueba de que alguna vez existiera un mar en ese desierto inmenso, un erizo filoso y lleno de veneno que le punza se le clava en la rodilla. Pero el niño del desierto no es un niño débil como lo fueron sus ancestros.

Está acostumbrado a pasar días enteros sin nada que comer más que un pescado seco o una lagartija que encuentra debajo de las piedras o en algún pozo escondido que el sol implacable aún no ha evaporado.

Así que, sin pensarlo dos veces, arranca el intruso de su piel curtida y corre con más fuerza que nunca porque sabe que el refugio más próximo está debajo de la piedra en forma de estrella y no la ve, debe estar lejos todavía y el zumbido aumenta.

Seguro vienen por él, a su reina le gustan los niños, su carne es más suave y dulce, como las avellanas tostadas cubiertas de miel, ¡qué asco!, un escalofrío, un sentimiento de repulsión lo inunda al imaginarse siendo alimento para esas sabandijas asquerosas, antes preferiría morir, pero sabe que si lo atrapan su destino será un camino inexorable hasta el estómago hambriento de la bestia alada.

Ahora el desierto es un torbellino de colores, tiene sed, hambre, sueño. Quisiera dejarse caer, pero sabe que debe correr con más fuerza que nunca pues ya sólo faltan unos pasos para llegar a su salvación. Sin embargo, el zumbido es ya demasiado próximo, un aleteo de alas descomunales, un zumbido penetrante de bocas sedientas de un trozo de carne para llenar sus estómagos vacíos.

Siente terror a morir y se vuelve un niño indefenso. Atrás quedan las horas de cacería en las que siempre se destacara por ser el más valiente; cuando uno es la presa la perspectiva cambia sensiblemente, él sabe que ya vienen y, sin embargo, corre pues lo empuja un impulso más fuerte que él.

A lo lejos distingue la piedra en forma de estrella, pero se queda helado como una estatua porque ellos ya vienen, incluso puede sentir sus respiraciones de aire frío y maloliente, como si no pertenecieran a este mundo.

Decide arriesgarse pues de todas maneras no tiene nada que perder, y por obra de un milagro desconocido llega hasta la piedra y logra removerla lanzándose al vacío con una mezcla de inquietud y alegría.

Pero entonces comienza la verdadera pesadilla, porque ellos lo han visto todo. Saben dónde está escondido y aunque no pueden caminar como él sobre la tierra tienen muchas manos para escarbar y hurgar lentamente, como si buscaran un pequeño gusano con sus ojos de faroles encendidos que todo lo ven en la oscuridad.

En el fondo de ese pozo oscuro y tétrico otros como él aguardan inmóviles la desgracia inminente. Ya no hay a dónde escapar. Ya no hay a dónde ir. Entonces, oh entonces es cuando se pacta el sacrificio. Acuerdan el trueque macabro, la vida de aquel niño a cambio de conservar las suyas.

Ya no llores, niño de nadie. Tú no tienes papá y tampoco mamá, ¿para qué quieres seguir viviendo si la vida es sólo desgracias? Morirás por todos nosotros -le dicen- y todos detienen al pequeño que se agita con desesperación porque comprende la traición de los suyos.

Llora y grita, llora lágrimas gruesas de espanto y terror incomprensible, pero ellos son cazadores del desierto y sus manos son implacables y hábiles. No lo matan porque saben que a ella le gusta comerlos vivos mientras se retuercen de dolor.

Luego, cuando comprende que su destino es morir se abandona a un sueño incómodo. Una luciérnaga gigante que lo devora.

imv

Razones de la marioneta sin hilos


a punto de que la princesa dormida abriera los ojos,
a punto de que el joven viajero encontrara la entrada al castillo
encantado
a punto de que hubiera una posibilidad de existencia para ese castillo
a punto de darle vida al maleficio, y por esta medida conjurarlo,
a punto de que hubiera una capa, una espada y una posibilidad de principado…
a punto solamente,
a punto de algo

José Carlos Becerra



Habito en este nido invisible bajo la nube, desde aquí miro la ciudad, desde aquí contemplo los propósitos de año nuevo que la gente no cumplirá ni tres días, los abrazos, los festejos, las caras felices, los adornos, las envolturas de regalo en los camiones de basura, el dinero derrochado en ánimos de fe fraternal. La ciudad huele a pinos con esferas y a cartas a los reyes magos, los niños cuentan los días para despertar entre juguetes no pedidos o con el asombro y la tristeza por el vacío de aquellos jefes que no tuvieron lana para comprar una bicicleta. No soy dios, no estoy bajo la nube como ente superior o alter ego de un análisis antropológico de la navidad y el año nuevo. No. Me dejaron ahí, esperando una ruta que se calibró en tres meses de sueños, de un delirio fascinante por un beso y un olvido, por una entrepierna rubia y una promesa de 85 años, por un pacto con el abismo sin paracaídas, por una frase acuñada en un árbol cibernético: la mirada verde no es sin ti… Estoy en pausa. Congelado. Detenido. Una marioneta sin hilos, sin esperanza de una mano que levante los maderos en cruz para volver a mover los brazos y las piernas, de menos el chasis de mi cabeza, porque en el interior, en mi cerebro, en ambos hemisferios sólo habita una mujer, mis ojos son la extensión de su mar, de su sonrisa más franca, mi nariz es un tinaco con agua de colonia Mónica número 5 ó 6 ó 7 u 8 o tantos aromas exquisitos que besé en intensas noches de automóvil varado en cualquier banqueta, al menor pretexto, al instante del deseo o de la codicia por su cuello o por besar sus manos. Esa mano árbitro, nos gritaron una vez desde la ventana de una casa de estudiantes, no nos importaba, el frenesí de sorber el tiempo en el cuerpo del otro podía más que las miradas ajenas y no tanto. Estoy piedra o madera, da igual, soy un Pinocho sin el Ada de los cuentos, sin Gepeto, sin Pepe Grillo que se fue a la cantina para derrochar los pocos arrebatos de sobriedad que le quedan, se enamoró junto conmigo, fue inevitable que mi conciencia quedara al margen de la vivencia sísmica de esa mujer que era, es, muchas mujeres como dice el poema de Gelman. Contemplo el vacío con ojos gachos, a veces su rostro se multiplica como calidoscopio. Brilla. Su rostro brilla. No ha perdido el fulgor. Rubia, pelirroja, lacia, ensortijada, de trenza, de coleta, con el cabello suelto da igual, es la multiplicación del caos que me revienta en las entrañas por su desaparición digna de un mago extraordinario, sin humo, sin fuegos artificiales desapareció, se dio a la fuga. No dejó cartas explicatorias ni mapas para buscarla ni rastro de su paso por mi vida. Se llevó el viento y el agua, se llevó la vaca y el gato, enderezó mis lentes chuecos para que yo mirara bien y partió. No se lo dijo a nadie, no se lo confesó a ninguno, ahora se transfiguró en silencio. Estoy tiritando, no hace frío y estoy tiritando, tengo miedo, me da horror el otro paso: el olvido. Quiero resistir. Bañarme mientras regresa, cepillarme los dientes, cortarme las uñas de los pies, rasurarme la barba y el bigote, hacer ejercicio, comerme un elefante, leer completa La comedia humana de Balzac, escribir una novela de quinientas páginas, construir una cajita musical, mezclar cemento, remojar adobes, fumar marihuana, cazar mariposas, pescar ilusiones, beber leche con donas, hojear el periódico, componer canciones, contar hormigas, escupirle desde arriba a los coches, bailar un danzón, olisquear calzones de mujeres ajenas, doblar muñequitos de origami, escuchar a Brahms, cargarle las bolsas a las señoras en el mercado, correr hasta quedar exhausto, llorar toda una noche, fundir focos subiendo y bajando el interruptor, mezclar agua y aceite, mediar la paz en medio oriente, cruzar el umbral del tedio, del fastidio y de la profunda tristeza, tender la cama y cultivar flores en un jardín. No puedo. No soy fuerte. Soy un cobarde que deglute ansiolíticos de a dos por día, que se quedó pasmado por su decisión confusa de buscarme y no, de quererme y no, de amarme y no, de también llorarme y no, de también sufrirme y no, de extrañarme y no, de querer llamarme por teléfono y no, de buscarme y no, de besarme y no, de querer mi mano y no, de querer explicarme y no. Ni ella lo sabe, ni ella misma está segura. Ni ella ni yo ni nadie. Estoy bajo la nube. Miro la ciudad y se apagan las luces, miro el celular y no hay llamadas ni mensajes, miro ese bar donde comenzó el idilio y ya está a punto de cerrar sus puertas definitivamente, miro mi casa y a mi exmujer y a mi hijo que se ponen la pijama para dormir, miro a mis amigos en su cotidianidad amorosa de pareja, miro un departamento azul vacío con una cama abandonada, miro a la terapeuta y al psiquiatra que me esperan con la nueva receta y la nueva moraleja, miro el encendedor rojo que me regaló la última vez que salimos, enciendo la cuarta cajetilla del día, miro un auto negro que se aleja, miro a Mónica que va conduciendo en dirección contraria a la nube, lleva en el asiento trasero una marioneta que sí tiene hilos y que yo le regalé para que la cuidara. Ella acelera, la luz roja de los faros traseros se pierde en la lejanía… Aún así, tengo razones para esperarla, aunque su regreso sea como una sombra.


Antonio Monter Rodríguez

Placer

Ahí estás tú, recostada en la cama, esperándome. Tu ojos me miran al salir del baño, te excita verme sin camisa… no puedes evitarlo. Tocas lentamente tu pierna con la yema de tus dedos. Rodeo la cama sin mirarte, me siento dándote la espalda y me desabrocho los tenis, de reojo veo estirarte. Tocas mi espalda, tus manos son frías y me causan un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. Rodeas mi pecho con tus brazos y me jalas hacia ti, quieres amarme… es innegable. Me recuesto y te miro, sonríes ligeramente y comienzas a besarme el cuello, pero no siento la menor excitación. A pesar de llevar tanto tiempo contigo nunca me has satisfecho del todo. He cumplido todas tus fantasías tontas y sin sentido, yo nunca te he pedido ninguna, pero siempre he querido hacer algo diferente… Me abrazas y muerdes mis labios, giro un poco para estar sobre de ti, tu boca no se desprende de la mía, me separo un poco y te susurro al oído: -Espera aquí, no te muevas… Camino hacia el closet, lo abro sin dejar de mirarte, cierro mis ojos mientras giro mi cara. Tomo mis dos únicas corbatas, las jalo del gancho y caen suavemente, mi caminar hacia ti es tranquilo, te extraña mi actuar, pero esa extrañeza te excita aún más. Comienzo a besarte mientras quito tu blusa con suavidad, aunque tú te la quitas al final, tus senos están libres pues, como casi siempre, no traes brassier. Beso tu cuello y bajo lentamente, toco tus pezones, los pellizco y los jalo ligeramente, sé que te gusta; lamo tu vientre y desabrocho tu pantalón botón por botón, comienzo a bajarlo con todo y pantaleta, me cuesta un poco de trabajo, pero de un tirón por fin está abajo. Tus manos intentan desabrochar mi pantalón pero las tomo y las jalo hacia arriba; tomo las corbatas que están en mi cuello y hago un nudo en cada muñeca y te amarro a la cabecera, tomo tu pantalón y amarro tu pie a la esquina inferior de la cama con él, con tu blusa hago lo mismo en tu otro pie. Tu cara es de total extrañeza, no entiendes lo que sucede; en realidad no me importa. Ahora sí estás a mi merced… comienzo a lamerte las piernas y subo hasta tu boca. Comienzo a quitarme el pantalón, te encanta ver cómo me desnudo y te muerdes los labios de la excitación, con mi pene rodeo tu pubis mientras me susurras que quieres sentirme ya. Penetro rápidamente y sueltas un quejido que no sé si es de dolor o de placer. Mis movimientos son lentos y tú sólo cierras los ojos, pero en cuanto mi vaivén acelera los abres. Me encanta estar así, me incita saber que te domino. Ahora mis movimientos son tan violentos que comienzas a quejarte, pero no puedo parar ahora… ahora no. No puedo más y te suelto un puñetazo en la nariz… comienzas a gritar, tomo tu pantaleta y la meto a tu boca, ver la sangre correr por tu cara me enciende aún más. Te golpeo nuevamente en la cara y tus gritos son más fuertes ahora: -¡Quítate por favor, no me pegues! Mi pelvis se mueve frenéticamente que te saca sangre de la vagina. -¡Me lastimas… me duele…! Muerdo tu pezón con tanta fuerza que logro arrancarlo... la sangre corre por mi boca, nunca había sentido este placer tan indescriptible. Tus gritos me aturden y te golpeo… por fin te callas, creo que te noquee. Sigo mordiendo tu seno y lo arranco de tajo, meto mi mano en tu carne y toco tus costillas sin dejar de penetrarte, no te mueves…creo que estás muerta… que delicia. Jalo tu piel hasta tu estómago, puedo ver tus intestinos, me encanta sentirlos entre mis dedos, es el más grande placer que había sentido, por fin terminaré… me salgo y eyaculo en tus vísceras y veo cómo se mezcla mi semen con tu sangre… es hermoso. Caigo rendido a tu costado, fue exquisito el orgasmo, volteo y miro tu cadáver con los ojos abiertos llenos de terror, sé que querías complacerme en todo, por fin lo lograste… y de qué manera.

Octavio Iván Jiménez Ramírez.

El despertar de otro mundo

Las palabras que estoy a punto de escribir muestran mi desesperación por la que será mi inevitable muerte, lo que contaré a continuación carece de detalles debido al horror que me corroe y que ha sido borrado por mi mente para evitar la locura, ansío que sirva como advertencia para cualquier hombre que busca en un libro las respuestas de aquellas cosas que ningún ser vivo tiene el privilegio de saber.

Todo comenzó cuando mi obsesión por aquel escritor de nombre Howard Phillips Lovecraft llegó más allá de leer cada una de sus obras y tratar de conocer el pasado de este literato que le orilló a una soledad inmensa, yo quería conocer más… aún más, lo cual me llevó a conseguir aquel libro maldito, el libro del que tanto hacia referencia: el mítico Necronomicón; cuando logré abrirlo en la soledad de mi habitación sentí aquel estremecimiento de pavor que se escurría por mis dedos e inundaba mi cuerpo, sabía que en mis manos tenía aquel poder del que tanto Lovecraft había alucinado. Pero lo que yo buscaba era realmente saber si este texto podía conducirme a conocer aquellos demonios y situaciones que había relatado Lovecraft en sus obras. Lo leí con minucioso detalle, intenté comprender hasta el más pequeño dato de aquellas palabras, sin importarme las advertencias que se encontraban en el mismo.

Después de terminar de leer aquel texto me decidí cruzar aquel umbral; entraría en los pórticos del conocimiento, aquellos que relata Lovecraft en el cuento de “A Través de las Puertas de la Llave de Plata”, aquellos pórticos que me darían la eternidad a lado de los dioses primigenios como Cthulhu y Azag-Thoth. Posteriormente de haber aprendido la pronunciación de aquellas palabras de la cultura sumeria antigua comencé a hacer aquellos ritos preliminares para obtener la vida eterna, siempre a lado de los libros de Lovecraft y el Necronomicón del Árabe loco Abdul Alhazred. A partir de ese momento comenzaron aquellas pesadillas que fungirían como advertencia pero que yo me negué a aceptar como tal, no sé a ciencia cierta lo que soñaba, pero sé que era un sueño aterrador, pues despertaba gritando de horror y sólo podía recordar aquellos tentáculos aproximándose a mi.

Tras casi mes y medio de estudio del Necronomicón estaba listo para conocer aquellos dioses y ser parte de ellos, decidí entrar esa misma noche, la madrugada llegó y me encontraba en un bosque cercano, con una oscuridad que paralizaba… ahí comencé:

¡Iä-R’lyeh! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Iä! ¡Iä!
¡Iä! ¡Iä! ¡Cthulhu fhtagn!
¡Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah fhtagn!
¡Iä! ¡Iä!...

Lo que vi después de recitar aquellas palabras fue un haz de luz que se habría ante mis ojos absortos, sabía que había desatado un poder escondido por siglos… seguí recitando aquellas palabras y de aquella puerta apareció un ser de figura perversa y de fealdad no concebida por ningún ser humano en la faz de la tierra, me resulta difícil describirlo, de hecho sería imposible…, comenzó a recitar una serie de sonidos guturales, no logré comprender lo que me decía, ni recordé haberlo leído en el Necronomicón, además el simple hecho de mirar aquel ser monstruoso me dejó estupefacto, sus ojos mostraban la ira de haber sido despertado de su sueño eterno…, no pude responder nada y salí corriendo; corrí hasta llegar a mi hogar, puse cerrojo a la puerta y quemé aquellos libros en la sala que nunca debí leer, no pude dormir; incluso al cerrar los ojos aparecía la figura monstruosa de aquel ser. Traté de seguir con mi vida normal, pero estaba consciente de que había despertado aquellos dioses y me perseguirían sin cesar. Las pesadillas comenzaban a ser más graduales y más aterradoras, las noches son un tormento para mí, en las sombras sé que me miran, recientemente he visto secreciones raras que aparecen en distintos lados de la casa, sé de antemano que son aquellos dioses que me acechan y he escuchado a todas horas aquellos sonidos guturales y otros sonidos aterradores que me persiguen a todos lados y que se han agravado más y más.

En estos momentos los sonidos en morada se agravan…, la ventana pareciera que está a punto de reventarse… miro a seres monstruosos que rodean mi casa… han entrado… el fin está cerca… la puerta… la puerta…


Octavio Iván Jiménez Ramírez